Editorial

Por necesidad, convicción o una incierta combinación de ambos factores, la sociedad argentina ha ido dejando atrás su arraigada tendencia a cerrarse sobre sí misma. Como ocurre en prácticamente todo el planeta, los vertiginosos avances tecnológicos han aportado lo suyo para derrumbar las fronteras vigentes; pero también han ganado predicamento quienes predican a favor de la integración como herramienta para hacer frente a nuevas dificultades y encarar la concreción de viejos sueños...

Editorial

 

Por necesidad, convicción o una incierta combinación de ambos factores, la sociedad argentina ha ido dejando atrás su arraigada tendencia a cerrarse sobre sí misma. Como ocurre en prácticamente todo el planeta, los vertiginosos avances tecnológicos han aportado lo suyo para derrumbar las fronteras vigentes; pero también han ganado predicamento quienes predican a favor de la integración como herramienta para hacer frente a nuevas dificultades y encarar la concreción de viejos sueños.

Desde ya, la apertura al mundo no es —como algunos pretenden— una clave para resolver todos los problemas; en algunos casos, inclusive, es difícil sostener que no contribuye a agudizar dificultades preexistentes. Lo cierto es que, forzada por las circunstancias o adoptada voluntariamente, esa apertura es inevitable y constituye un dato de la realidad que no puede ser subestimado.

Hace más de dos décadas, en un texto sobre las transiciones hacia la democracia, el politólogo argentino Guillermo O’Donnell apelaba a una metáfora para describir el papel de los actores en ese proceso: hablaba de una partida de ajedrez en múltiples tableros, donde cada movida —por inocua que pareciera— podía influir sobre el juego.

Esa imagen resulta más que apropiada para describir la complejidad de factores que se ponen en movimiento con la mundialización de las comunicaciones, el transporte, la producción, el comercio y la logística, cada vez más omnipresente. Todas las sociedades, en mayor o menor medida, acusan recibo de esa nueva realidad, que se traduce en sus expresiones culturales, sus hábitos de consumo, sus preocupaciones.

Sin embargo, hay una manifestación de la actividad pública que parece ajena a ese fenómeno, al menos en la Argentina. Salvo para quienes ejercen funciones de gobierno vinculadas de algún modo con las relaciones exteriores, la dimensión internacional permanece ausente del debate y las preocupaciones políticas, como si se tratara de un cuerpo extraño que debe ser expulsado cuanto antes.

La internacionalización de la sociedad argentina, con lo que tiene de oportunidad y de amenaza, padece entonces una suerte de hemiplejia, como si uno de los tableros fuera inmune a lo que acontece en el resto. En cuanto tiene de pensamiento, acción concertada, estrategia y defensa del interés común, la política puede ser una aliada insoslayable en el objetivo de alcanzar una inserción ventajosa en el mundo. Es hora de comenzar a jugar.

 

Roberto A. Pagura / Director editorial


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