AGRICULTURA Y ALIMENTACIÓN

Malnutrición, vulnerabilidad y cambio climático

La pandemia agudizó las fragilidades de las cadenas de suministro de alimentos, ya sometidas a las tensiones derivadas de la crisis climática y la degradación ambiental. El informe de la FAO analiza esas debilidades y evalúa cómo avanzar hacia un sistema más resiliente, eficiente, sostenible e inclusivo.

Malnutrición, vulnerabilidad y cambio climático

 

La pandemia de la nueva enfermedad por coronavirus (COVID‑19) ha tenido profundas repercusiones en todas nuestras vidas y seguimos luchando contra ella. Los cierres de fronteras y toques de queda para contener la propagación del virus SARS‑CoV‑2 detuvieron los viajes internacionales, provocaron el cierre de innumerables empresas y dejaron a millones de personas sin empleo. Las restricciones a la circulación de personas y bienes, en particular en las etapas iniciales de la pandemia, obstaculizaron el flujo de insumos a los agricultores y el de sus productos a los mercados. Allí donde se bloquearon la recolección y el transporte, se dejaron pudrir enormes cantidades de frutas y hortalizas frescas en los campos de los agricultores.

Las restricciones han perjudicado no solo al comercio, las cadenas de suministro y los mercados agroalimentarios, sino también a la vida, los medios de subsistencia y la nutrición de las personas. Después de las alteraciones y la incertidumbre iniciales, muchas cadenas de suministro mostraron un grado notable de resiliencia al absorber la perturbación ocasionada por la pandemia y adaptarse a ella; sin embargo, la falta de acceso a una alimentación adecuada para millones de personas surgió como un problema enorme y persistente. Muchas personas de las zonas rurales no podían viajar para realizar labores estacionales que constituyen una importante fuente de ingresos en las comunidades pobres. Inmovilizados por los confinamientos, los hogares urbanos de ingresos bajos vieron caer bruscamente su renta y su gasto en alimentos.

Incluso antes de la pandemia de la COVID‑19, el mundo no estaba en vías de cumplir el compromiso común de poner fin al hambre y la malnutrición en todas sus formas para 2030, pero la pandemia nos ha alejado aún más de la meta. En el informe sobre El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo de este año se estima que entre 720 y 811 millones de personas se vieron afectadas por el hambre en 2020, hasta 161 millones más que en 2019, un aumento impulsado en gran medida por la crisis de la COVID‑19. Trágicamente, las mujeres y los niños a menudo han soportado la peor parte de la crisis. De acuerdo con el “Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2020”, la alteración de los servicios de salud y del acceso a una alimentación adecuada ha acrecentado el número de muertes de menores de cinco años y de madres. En la publicación de las Naciones Unidas titulada Policy Brief: The Impact of COVID‑19 on Food Security and Nutrition (Informe de políticas: Las repercusiones de la COVID‑19 en la seguridad alimentaria y la nutrición) se indica que 370 millones de niños se han visto privados de la alimentación escolar debido al cierre de los colegios. No cabe duda de que los efectos de la pandemia en la seguridad alimentaria y la nutrición se sentirán durante muchos años.

Históricamente, las cadenas de producción y suministro agroalimentarias han sido vulnerables a las perturbaciones —desde sequías e inundaciones hasta conflictos armados y subidas de los precios de los alimentos— y están sometidas a una presión creciente debido a tensiones a más largo plazo, como la crisis climática y la degradación ambiental. Sin embargo, la pandemia de la COVID‑19 es excepcional, ya que ha demostrado cómo puede presentarse repentinamente una perturbación de proporciones globales, propagarse rápidamente y comprometer la seguridad alimentaria, el estado nutricional y los medios de vida de miles de millones de personas en un grado sin precedentes y durante un largo período.

La pandemia de la COVID‑19 ha puesto claramente al descubierto las fragilidades de los sistemas agroalimentarios nacionales. Una razón obvia para afrontar estas fragilidades es, por supuesto, el aumento no deseado de la inseguridad alimentaria y la malnutrición. Sin embargo, los sistemas agroalimentarios son demasiado grandes para creer que sus fragilidades, si no se abordan, impedirán únicamente la consecución del objetivo de lograr el Hambre cero para 2030, por crucial que sea este objetivo. Las implicaciones van más allá. Los sistemas agroalimentarios producen 11.000 millones de toneladas de alimentos al año y emplean a 4.000 millones de personas directa o indirectamente. El sector agroalimentario, incluidas la actividad forestal y la pesca, también representa una tercera parte de las emisiones antropógenas de gases de efecto invernadero que impulsan el cambio climático y ocupa el 37% de la superficie terrestre del planeta. Por consiguiente, los sistemas agroalimentarios tienen un papel esencial que desempeñar en la consecución de otros Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) relacionados con la pobreza, la eficiencia energética y de los recursos, una mayor limpieza de las economías y ecosistemas acuáticos y terrestres saludables, entre otras cosas.

Ha crecido el consenso internacional en torno a la idea de que transformar los sistemas agroalimentarios —en busca de una mayor eficiencia, resiliencia, inclusividad y sostenibilidad— es una condición esencial a fin de cumplir la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. El impulso hacia el cambio condujo a la primera Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios en septiembre de 2021, en la que se acordaron soluciones y estrategias innovadoras para transformar los sistemas agroalimentarios y aprovechar esos cambios con objeto de lograr avances en relación con todos los ODS. El llamamiento a la acción de la Cumbre se centró en cinco objetivos, uno de los cuales es la creación de resiliencia ante las vulnerabilidades, las perturbaciones y las tensiones para asegurar el funcionamiento continuo de sistemas agroalimentarios saludables y sostenibles.

El tema del informe de este año responde al llamamiento realizado en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios de presentar una serie de medidas concretas que puedan adoptarse en todo el mundo en apoyo de una transformación de los sistemas agroalimentarios mundiales. Más concretamente, el informe proporciona pruebas y orientaciones sobre medidas que pueden ayudar a los actores en los sistemas agroalimentarios a gestionar la vulnerabilidad de tales sistemas ante las perturbaciones y tensiones, así como a fortalecer la capacidad de estos sistemas para respaldar los medios de vida y proporcionar de manera sostenible acceso continuo a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos para todos frente a las alteraciones.

Con este fin, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha elaborado un conjunto de indicadores de resiliencia diseñados para medir la solidez de la producción primaria, el grado de disponibilidad de alimentos y el grado de acceso físico y económico de la población a una alimentación adecuada en países de todo el mundo. Estos indicadores pueden ayudar a evaluar la capacidad de los sistemas agroalimentarios nacionales para absorber los efectos de cualquier perturbación, lo que es un aspecto clave de la resiliencia. El análisis muestra que el sector de la producción primaria de un país es más resiliente cuando produce una combinación variada de productos alimentarios y de otros tipos y los vende en muchos mercados, tanto nacionales como internacionales, configuración que se observa principalmente en los países de ingresos más altos o aquellos que cuentan con una gran base agroalimentaria. Sin embargo, por lo que se refiere a la disponibilidad de alimentos, el análisis de múltiples vías de abastecimiento de productos agrícolas, pesqueros y pecuarios muestra que los países de ingresos más bajos tienen una diversidad comparable a la de países más grandes y de ingresos más altos.

Otro aspecto importante subrayado en este informe es que los países de ingresos bajos se enfrentan a desafíos mucho mayores para garantizar el acceso físico a los alimentos a través de las redes de transporte, que son la clave para mantener activas las cadenas de suministro agroalimentarias. El análisis de los datos de 90 países muestra que, si se interrumpieran las principales rutas de transporte, muchos países de ingresos bajos en particular tendrían una capacidad limitada para descentralizar la distribución de alimentos o utilizar rutas alternativas de reparto. En casi la mitad de los países analizados, el cierre de enlaces de red críticos haría que el tiempo de transporte local aumentara en un 20% o más, aumentando así los costos y los precios de los alimentos para los consumidores.

Adoptando un enfoque de sistemas agroalimentarios, en el informe también se señala que los riesgos asociados con el acceso económico a los alimentos son aún más preocupantes. A nivel mundial, ya sabemos que alrededor de 3.000 millones de personas no pueden permitirse una dieta saludable para protegerse contra la malnutrición. Dado que los hogares de ingresos bajos gastan la mayor parte de estos en alimentos, cualquier pérdida significativa de poder adquisitivo —debido a subidas de los precios de los alimentos, malas cosechas o pérdida de ingresos— representa una amenaza para su seguridad alimentaria y su nutrición. De hecho, este informe concluye que otros 1.000 millones de personas corren peligro, ya que no podrían permitirse una dieta saludable si alguna perturbación redujera sus ingresos en un tercio. La carga de tal perturbación recaería principalmente en los países de ingresos medios, pero en el informe también se señala que, en caso de que se produjera una perturbación en los ingresos, proporcionalmente muchas más personas en los países de ingresos bajos no podrían permitirse ni siquiera una dieta suficiente en cuanto a energía. Estos riesgos son inaceptables en un mundo que produce alimentos suficientes para alimentar a toda su población.

El informe concluye que se necesitan cadenas de suministro agroalimentarias diversas, redundantes y bien conectadas para aumentar la resiliencia, ya que proporcionan múltiples vías para producir, adquirir y distribuir alimentos. Sin embargo, algunos actores de estas cadenas de suministro agroalimentarias son más vulnerables que otros. La vulnerabilidad de las pequeñas y medianas empresas (PYME) agroalimentarias es crítica, así como el hecho de que la resiliencia de los hogares rurales —especialmente los que se dedican a la producción agrícola en pequeña escala— pasa por dificultades cada vez mayores ante las adversidades climáticas y el agotamiento de los recursos naturales.

Sobre la base de los datos empíricos de este informe, la FAO se encuentra en una posición sólida para recomendar que los gobiernos hagan de la resiliencia en los sistemas agroalimentarios una parte estratégica de las respuestas nacionales y mundiales a los desafíos actuales y futuros. Un principio rector es la diversidad —fuentes de insumos, combinaciones de producción, mercados de productos y cadenas de suministro—, porque la diversidad crea múltiples vías para absorber las perturbaciones. La conectividad multiplica los beneficios: unas redes agroalimentarias bien conectadas superan las alteraciones más rápidamente al cambiar las fuentes de suministro y los canales de transporte, comercialización, insumos y mano de obra.

Los gobiernos deberían fomentar una mejor coordinación y organización de las PYME agroalimentarias dentro de las cadenas de suministro del sector, por ejemplo, mediante la formación de consorcios que aumenten su escala, visibilidad e influencia. De manera similar, los productores de alimentos en pequeña escala pueden seguir siendo competitivos y resilientes integrándose en las cadenas de suministro a través de asociaciones de productores y cooperativas, y adoptando prácticas de conservación de recursos. Es posible que se necesiten programas de protección social para mejorar la resiliencia de los hogares rurales en caso de perturbaciones. Las políticas también deberían abordar cuestiones que trascienden los sistemas agroalimentarios, como la necesidad de mejorar los servicios de salud y educación, la igualdad de género y la participación de las mujeres, y deben reconocer el papel del sector agroalimentario como gestor del ambiente natural.

La FAO está firmemente comprometida a aprovechar la oportunidad que ofrecen acontecimientos como la Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios y otros para pasar de los compromisos a la acción a fin de transformar los sistemas agroalimentarios para hacerlos más eficientes, más inclusivos, más resilientes y más sostenibles con miras a una mejor producción, una mejor nutrición, un mejor medio ambiente y una vida mejor para todos, sin dejar a nadie atrás. Este informe ofrece datos empíricos y orientaciones para adoptar medidas concretas en esta importante dirección.

[Prólogo de Qu Dongyu, director general de la FAO.]

 

Título: El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2021. Lograr que los sistemas agroalimentarios sean más resilientes a las perturbaciones y tensiones.
Editor: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su nombre en inglés).
Serie: El estado del mundo.
Mes / año: diciembre 2021.
Páginas: 202.

 

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Publicado el 06-01-2022


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