AGROINDUSTRIA

Una radiografía sobre el papel de las cadenas

Un estudio publicado por la Secretaría del área cuantifica su contribución al producto, al empleo, a las exportaciones y a las economías provinciales.

Una radiografía sobre el papel de las cadenas
El trabajo evalúa también el peso de los diversos eslabones de cada complejo.

 

Por Redacción terminalC

La Secretaría de Agroindustria presentó el estudio Cadenas de valor agroalimentarias: Evolución y cambios estructurales en el siglo XXI, desarrollado en conjunto por la Dirección General de Programas y Proyectos Sectoriales y Especiales y el Laboratorio de Desarrollo Sectorial y Territorial de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata.

A partir del análisis de 31 cadenas de valor para el período 2001-2015, el trabajo busca aportar evidencia cuantitativa sobre su contribución al PIB, al empleo, a las exportaciones y al Producto Bruto Geográfico, pero también ofrecer una nueva perspectiva respecto del peso de cada uno de los eslabones en la conformación del valor bruto de producción y el valor agregado del conjunto y de cada una de ellas.

La investigación estuvo a cargo de los especialistas, Roberto Bisang, Agustín Lódola, Rafael Brigo y Fernando Morra, sobre los datos del Laboratorio de Desarrollo Sectorial y Territorial de la mencionada facultad.

A continuación, algunas de las constataciones del estudio, con cifras de 2015:

 Si se considera a las cadenas de valor agroalimentarias (CAA) en conjunto, el peso de cada uno de los ocho eslabones en el valor agregado (VA) es el siguiente: producción primaria, 54%; procesamiento industrial, 31%; transporte de carga, 5%; servicios agropecuarios, 4%; empaque, 2%; semillas, 3%; agroquímicos, 1%, y servicios veterinarios, 0,2%.

 Ese año, aportaban 10% del PIB, 12% del valor bruto de producción, 57% de las exportaciones y 10% del empleo. Si se excluye a los servicios, la participación llega a 29%, 27%, 57% y 31%, respectivamente.

 Medidas por su contribución al VA del conjunto, las cinco cadenas más importantes son: soja (26%), bovinos (14%), lácteos (11%), trigo (8%) y avícola (6%). Si se añaden las cinco siguientes (maíz, porcinos, forestal, uva y cebada), la proporción llega a 84%.

 Las CAA más industrializadas, teniendo en cuenta el peso del eslabón manufacturero sobre el VA total, son cebada, yerba mate, trigo, forestal y algodón, con valores que van de 77% a 66%, contra una media para el conjunto de 32%.

 Las CAA ocupan algo más de 1,9 millón de personas. Las más importantes en este punto son soja (18%), bovinos (12%), lácteos (12%), trigo (8%), forestal (6%). Si se suman las cinco siguientes (uva, peras y manzanas, porcinos, maíz y avícola), se tiene ya 78% del total.

 Las cinco cadenas con mayor intensidad laboral (medida en ocupados sobre VA) son algodón, cítricos, caña de azúcar, peras y manzanas y tabaco. Aquellas donde se revela una mayor proporción del eslabón manufacturero en la ocupación total son trigo, algodón, forestal, porcinos y arroz. Considerando el conjunto, el eslabón primario es el que más aporta (48%), pero el más intensivo es el de transporte de cargas.

 Tres provincias (Buenos Aires, 32%; Santa Fe, 18% y Córdoba, 17%) aportan algo más de dos tercios de la producción total de las CAA.

 En términos del Producto Bruto Geográfico (PBG), su aporte es decisivo en la provincia de Entre Ríos, donde llega a 38%, pero también en Misiones, Santa Fe, La Pampa y Córdoba, en las que esa incidencia está por encima de 20%.

 En Misiones, el aporte del eslabón manufacturero al PBG es de 15%; en Entre Ríos, de 10% y en Santa Fe, de 8%. En el resto, exhibe una participación que en el mejor de los casos llega a 5%.

 Respecto de las exportaciones, el cuadro es más o menos conocido, aunque es probable que la participación de cada CAA en el total se haya modificado en estos tres últimos años. En 2015, las exportaciones del conjunto llegaron 32.344 millones de dólares, de los que soja —un complejo que comprende desde el grano hasta los biocombustibles, pasando por el aceite y los pellets— explicó 55,1%, maíz, 9,9%; bovinos, 5,6%; trigo, 4,2%, y uva, 3,1%. Otra vez, si se consideran las primeras diez cadenas, la concentración es muy importante: 90,0%.

 Aunque su contribución es relativamente baja en términos cuantitativos, en algunas CAA es significativa la proporción de las exportaciones sobre el valor bruto de producción. Es el caso de la miel, donde llega a 82%, el del té, con 58%, e incluso el más curioso de la papa, con 53%.

Más allá de la orientación económica general, “el diseño de políticas públicas requiere un conocimiento acabado de la realidad del sector agroalimentario, lo que cobra aún más relevancia si se tienen en mente los cambios productivos, técnicos, organizacionales, económicos y regulatorios que tuvieron lugar en nuestro país en las últimas décadas”, sostienen los autores. En tal sentido, proponen un cambio de perspectiva que está en la base del estudio: “desde el productor individual a la red de contratos dedicados a la actividad y desde los granos a la cadena completa de actividades”, teniendo en cuenta que la producción agropecuaria es muchas veces la materia prima para usos que exceden en mucho la alimentación.

Al respecto, un par de anotaciones marginales, que exceden los propósitos del estudio, pero hacen a su contexto.

Tras recordar el papel privilegiado que históricamente ha tenido en el mundo “como proveedor de alimentos y materia prima de origen vegetal y animal”, los autores plantean que factores de orden interno como externo —entre los que mencionan “la demanda actual y futura de alimentos”— abonan la posibilidad de que la Argentina fortalezca “su competitividad internacional y su inserción en las cadenas de valor alimenticias globales, aportando a su vez a la resolución de otro desequilibro argentino como es el desarrollo territorial”.

Sin entrar a considerar el papel de la sostenibilidad ambiental de la producción y de la calidad nutricional de los alimentos —factores sobre los que ha comenzado a llamar la atención la FAO y que están destinados a tener creciente importancia para vastas franjas de consumidores—, la naturaleza de la inserción en las cadenas globales de valor es un tema decisivo. No lo dicen los autores, pero tampoco faltan quienes alegan, desde 1860 en adelante, que el país debería concentrarse en producir los bienes primarios para los que la naturaleza lo ha dotado de condiciones competitivas y dejar que el mundo abastezca el resto de sus necesidades.

Por último, y acerca del potencial de las cadenas agroalimentarias para resolver el desequilibrio territorial argentino, el propio estudio plantea indirectamente un interrogante cuando se refiere al empleo generado por las cadenas.

En el anexo dedicado a los aspectos metodológicos, el texto explica que la ocupación en las CAA es resultado de una estimación realizada a partir de las cifras del censo de 2010, que consideran más cercanas a la realidad que las surgidas de los registros de la seguridad social. Por ejemplo, según estos últimos, las ramas agrícolas ocupaban entonces 330.533 personas, mientras las encuestas censales arrojaban un número de 1.088.624. En otras palabras, sólo en esas actividades primarias, las CAA tenían 69,6% de sus empleados no registrados, es decir, privados de cobertura médica, jubilación, indemnización por accidentes, vacaciones, estabilidad y otros derechos que hacen al trabajo decente, según la definición de la OIT, para no hablar de sus condiciones laborales y de los salarios que perciben.

 

Publicado el 09-02-2019
Foto: Secretaría de Agroidustria (archivo).


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