EMPLEO RURAL EN LATINOAMÉRICA

Dinámicas de cambio, vulnerabilidad y pobreza

Aunque cerca de 80% de los habitantes de la región vive en las ciudades, unos 50 millones realizan tareas en el campo. Este estudio de la OIT indaga en la situación de estos trabajadores, que a menudo cobran salarios más bajos, se desempeñan en condiciones precarias y no gozan de cobertura de la seguridad social.

Dinámicas de cambio, vulnerabilidad y pobreza

 

América Latina y el Caribe ha experimentado un acelerado proceso de urbanización. En 1950 la población en las áreas rurales era casi el 60% del total de habitantes de la región, hoy día solo un 20% habita en las zonas rurales. No obstante, se trata de 123 millones de personas, de las cuales 50 millones trabajan, con lo cual el empleo rural da sustento a una de cada cinco personas que trabajan en la región. Aunque las tasas de desocupación en zonas rurales son más bajas que en las zonas urbanas, estas afectan a 1,6 millones de personas. Además, 27 millones de trabajadores en zonas rurales se encuentran en situación de empleo vulnerable.

Las zonas rurales presentan grandes rezagos respecto a las áreas urbanas: un 46% de pobreza frente a un 23% en las ciudades, graves déficit de trabajo decente en términos de subempleo, bajos ingresos, limitada cobertura de la seguridad social, alta informalidad, altos niveles de trabajo infantil y con frecuencia también de trabajo forzoso, bajas tasas de participación de las mujeres. Pero sería equivocado pensar que el campo es simplemente sinónimo de rezago. Tal como se documenta en este Reporte, las áreas rurales de América Latina y el Caribe han estado experimentando importantes dinámicas de transformación en términos económicos, sociales y demográficos. Por ejemplo, la pobreza rural se ha reducido a mayor velocidad que la urbana en las últimas dos décadas y esto se debe, en particular, a las dinámicas del mercado de trabajo.

En el presente Panorama Laboral Temático se analiza la realidad, tendencias recientes y perspectivas del empleo rural en América Latina y el Caribe, se da una idea actualizada y sintética de lo que significa “trabajar en el campo en el siglo XXI” en la región y se extraen algunas recomendaciones de política.

Algunas de las tendencias identificadas y analizadas son: (1) la tendencia de largo plazo hacia la reducción del empleo agrícola en el empleo rural total y el aumento del empleo en el sector terciario o de servicios, con la industria manteniendo una participación relativamente constante; (2) el hecho de que los pobres en las zonas rurales se concentran en las actividades agrícolas, mientras que los ocupados rurales no agrícolas tienen en promedio ingresos superiores a los agrícolas, principalmente a causa de la mayor productividad de varios segmentos de los empleos no agrícolas. De hecho, el incremento de las ocupaciones rurales no agrícolas de las últimas décadas es una de las razones por las cuales ha disminuido la pobreza rural.

El campo, en general, ha recibido históricamente en la mayor parte de países de la región una menor proporción de inversiones privadas y públicas que las áreas urbanas. Por eso existen numerosas brechas de infraestructura productiva y social entre las zonas rurales y las zonas urbanas (agua, saneamiento, salud, educación, transporte, electricidad, entre otras), lo cual, a su vez, se traduce en importantes brechas de productividad. Sin embargo, tal como se documenta en este Reporte, la productividad agrícola sí ha crecido en las últimas dos décadas en gran parte de la mano del mejoramiento de los términos de intercambio, aunque su nivel es aún bajo en comparación con otras ramas de actividad económica. Y hay grandes diferencias entre diversos países en los porcentajes de población rural empleada en la agricultura.

La estacionalidad en la demanda de empleo es característica de muchas actividades agrícolas y genera algunas dinámicas específicas de los mercados laborales rurales, por ejemplo, el que un porcentaje importante de la población rural ocupada tenga dos o más empleos, la relativamente alta incidencia del trabajo temporal y de las migraciones laborales. La estacionalidad y el trabajo temporal plantean barreras para la extensión de la seguridad social a las poblaciones rurales, convirtiendo a varios de estos grupos en lo que se conoce como grupos de “difícil cobertura” lo cual demanda innovaciones en el diseño de sistemas de cobertura, administración y financiamiento.

La distancia es, por supuesto, una de las principales barreras para tener acceso a empleos rurales no agrícolas, así como para mejorar la educación y las calificaciones de los trabajadores agrícolas y, en general, para recibir servicios del Estado. Es en parte por el factor distancia que no existe una amplia y diversificada oferta formativa en zonas rurales tal como sí existe en las ciudades. Otra de las consecuencias del factor distancia es la menor densidad de empresas medianas y grandes, excepto en la minería, y por tanto, el menor porcentaje de empleo asalariado formal. En comparación con zonas urbanas, en las zonas rurales hay mayor proporción de personas que declaran tener negocio pero con predominio de trabajadores por cuenta propia y microempresarios, menor proporción de empleadores, y menores tamaños de empresa.

Hay también una importante brecha de logro educativo entre las zonas urbanas y rurales. Por ejemplo, en 2014, la proporción de trabajadores con educación terciaria en las zonas rurales era cerca de 5 veces menor que en zonas urbanas.

Como puede apreciarse, tanto el desarrollo como el bienestar de las áreas rurales dependen en gran medida de las dinámicas productivas y del mercado de trabajo, así como de las barreras para beneficiarse de las “economías de aglomeración” incluyendo las dificultades para una presencia efectiva del Estado.

El Reporte analiza estas y otras características de los mercados laborales rurales, incluyendo la situación de las mujeres y los jóvenes. También se incluye un análisis de las condiciones de trabajo, los ingresos laborales en las zonas rurales, las modalidades de contratación, la afiliación sindical y otras deficiencias de respeto a los derechos laborales.

A la luz del análisis, las secciones finales presentan varias consideraciones y prioridades de política para promover la productividad, el desarrollo productivo y los empleos de calidad en las áreas rurales.

Esperamos que los análisis y recomendaciones de este informe contribuyan a concentrar mayor atención y esfuerzos en enfrentar los retos del desarrollo rural inclusivo y sostenible, así como en la reducción de la pobreza y la informalidad, mediante la generación de más y mejores empleos en las áreas rurales de la región.

[Prólogo de José Manuel Salazar-Xirinachs, director regional para América Latina y el Caribe de la OIT.]

 

Título: Trabajar en el campo en el siglo XXI. Realidad y perspectivas del empleo rural en América Latina y el Caribe.
Editor: Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Serie: Panorama laboral temático, 3.
Mes / año: octubre 2016.
Páginas: 102.

 

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